Actualidad

Cambio de mentalidad

Por: Héctor Peña Díaz

Conceptual image of human brain in colorful splashes

El falso “debate” o linchamiento mediático sobre los responsables de la cartilla o guía que promueve el respeto a la diversidad sexual de los niños y niñas, pone de presente que la evolución de las normas y los derechos no va siempre acompañado de un cambio en la mentalidad de las gentes. Ese es un problema que debe ser considerado en toda su complejidad.

Para poner un ejemplo, en 1865 se dio la abolición de la esclavitud como resultado del triunfo de las ideas de Lincoln en la guerra de Secesión. Pero dicha liberación no se tradujo en igualdad de derechos para los negros. Tuvo que pasar un siglo y millones de abusos y desgracias, esfuerzos y luchas de las comunidades negras, para que la ley de derechos civiles de 1965 garantizara la igualdad formal. Ello implicó el fin de la discriminación legal, pero no se tradujo en un cambio en el modo como buena parte de los estadounidenses percibía a la población negra. Se requirieron tiempo y evolución de las mentalidades y es así como, para señalar un hecho relevante, 43 años después, esa sociedad que discriminaba (y todavía discrimina aun cuando en menor proporción) a los negros eligió Presidente de los Estados Unidos a Barack Obama.

Esta tensión entre los valores arraigados en ciertas tradiciones y los nuevos valores que surgen de las transformaciones sociales y científicas se expresa en la discusión sobre los asuntos públicos en un país, como el nuestro, que se ha modernizado a medias, en el que todavía hay muchos nostálgicos de una sociedad en el que no había una separación entre la Iglesia y el Estado. La condición no confesional del Estado es condición sine qua non para la garantía efectiva de los derechos, en particular, la libertad de creencias y de conciencia. No hay que olvidar en la historia, particularmente en la Europa que se asomaba a la modernidad, las guerras y barbarie concomitantes que trajo consigo la intolerancia religiosa.

Hay dificultad para comprender el imperio del derecho sobre las creencias. Y más de uno apoyado en principios arraigados en la tradición religiosa y en la condición mayoritaria de quienes los profesan, pretenden imponer su visión del mundo a las minorías y de paso conculcarles sus derechos, como si el problema fuera, en gracia de  discusión, una decisión de la mitad más uno y no de que hay unos límites que no deben ser traspasados, como en el caso de los derechos fundamentales que por su propia naturaleza ligada a la dignidad humana se oponen a decisiones contramayoritarias que intenten socavarlos. Un ejemplo extremo para entender la dimensión de problema sería someter a la voluntad de las mayorías la adopción o no de la tortura como método de interrogatorio en casos de terrorismo y lo que ello implicaría de resultar aprobado.

Ahora bien, consideremos, desde una perspectiva democrática, una serie de instituciones claves para el desenvolvimiento de la sociedad: la familia, la escuela, la iglesia, el ejército, la empresa, la fábrica, etc. Cada una de ellas es constitutiva de un orden pero carecen en su vida interna de una regulación democrática. Los padres, los profesores, los sacerdotes, los generales, los patronos, son  voces que hay que atender pero con un matiz en una sociedad que se precie de la democracia o que intente promoverla en su seno como el instrumento regulador por excelencia de las relaciones sociales. Ese matiz es nada más ni nada menos que  la existencia de los derechos humanos que se erigen como una barrera contra la arbitrariedad y un límite frente a la conducta de cualquier autoridad pública o privada, elegida o no.

En lo que concierne a la familia y a la escuela tenemos una divisa de oro, una consideración primordial: «El interés superior del niño». Pues dada la condición de vulnerabilidad del menor, expuesto muchas veces a la violencia y manipulación de los adultos y al hecho de que ello sucede con frecuencia en un ámbito privado, el Estado debe garantizar una protección eficaz que no solo prevenga los abusos sino que castigue a los responsables de los mismos. Los seres humanos somos “prematuros” para la vida y requerimos de ingentes cuidados, afectos y normas para estructurar la personalidad que nos acompañará en la vida adulta. Hay que multiplicar los ojos para que los niños y niñas no se vean sometidos a la tiranía de los adultos (llámense padres o maestros) y así como a un Estado hoy no se le aceptan razones de soberanía para rechazar el escrutinio en derechos humanos por parte de la comunidad internacional, tampoco los padres pueden alegar su condición de tales para impedir que la ley, las instituciones y aun la propia ciudadanía vele por los derechos del menor. Tan es así que toda persona que tenga noticia del abuso de un menor debe denunciarlo ante cualquier autoridad.

En la medida en que una sociedad se va haciendo más liberal y tolerante, muchas expresiones y conductas que habían estado reprimidas por las cortinas del temor y el autoritarismo afloran con toda su carga  de novedad y ruptura. Entonces los guardianes de la moral del miedo ponen el grito en el cielo, anuncian el “apocalipsis” de la sociedad e intentan detener las aguas de una represa que han encontrado su cauce fuera de ella. Se requiere, por así decirlo, una educación sentimental distinta, una nueva mirada que no es fácil por lo prejuicios arraigados.

Cualquier persona desprevenida que lea con cuidado y detalle la guía del Ministerio de Educación (MEN), el Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA), el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) y el Fondo para la Infancia de las Naciones Unidas (Unicef), Ambientes escolares libres de discriminación. 1. Orientaciones sexuales e identidades de género no hegemónicas en la escuela. Aspectos para la reflexión, encontrará que allí hay una reflexión cuidadosa sobre un asunto complejo, en la cual nadie puede decir la última palabra y por supuesto hay caracterizaciones y postulados que admiten, y ese es el propósito del documento, un genuino y serio debate. Si alguien quiere leer lo que no dice y lo hace es sencillo: escoge oraciones a medias o saca frases fuera de contexto, y de ese modo intenta confundir o crear un ambiente hostil y completamente negado para cualquier discusión, como en efecto ocurrió a través de las redes sociales.

No hay que descalificar a nadie, pues tratándose de los niños y niños, hay que presumir un interés legítimo de quien participe en la polémica. Y es un asunto que deberá seguir analizándose, pues a mi juicio, está en la nuez de lo que somos y no somos como sociedad. Lo que no  es admisible es que valiéndose de ello, muchas personas, como los azadones, arrastren la tierra únicamente para su lado.

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