PAZ EN COLOMBIA

Un pueblo en el silencio y en la oscuridad

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Por Héctor Peña Díaz.

Lo más triste de morir empujado por la violencia de otro es que un mapa invisible del futuro ya no será trazado. La guerra cierra los horizontes, fractura los sueños. Es segadora de besos y abrazos, voces que no se oirán, cartas que nunca llegarán a su destino. Las estadísticas mienten, cada persona muerta es una cualidad, un vínculo profundo con el pasado.

Hay una multitud de huesos y ceniza en los cementerios, en las fosas clandestinas, de lo que en su día fueron miles de compatriotas vivos, un coro de fantasmas, un país que no fue posible. Nada podrá revivirlos, nos hemos empobrecido sin remedio y no nos hemos dado cuenta. Hemos perdido una riqueza que estaba en cada cual, una potencia que pudo volverse acto, una crisálida atrapada por el odio no dejó desplegar su alas a la vida.

La madre llora a su hijo porque conoce el misterio de las estaciones en su vientre, el padre extraña a su muchacho y comprende que nunca será nada igual. Los hijos buscan a su padre en el río de sus lágrimas y el desamparo es más fuerte que la ira. La novia espera al novio como si de verdad fuera a volver.

Una multitud de corazones llevan clavada una espina que ha echado raíces de pena. ¿Por qué a mí, a la persona que yo quería?, es el grito mudo, la voz impotente del que deambula con su duelo a cuestas. Qué triste es despertar y comprobar esa  ausencia, lo que no tiene nombre, lo que acompañará al doliente hasta su tumba.

Colombia, ¿de qué está hecha tu entraña, qué mal aire envenenó tu alma? ¿Por qué esa alianza con la muerte, esa montaña de fusiles y cuchillos en las manos de la gente? ¿Por qué no borras en el tablero las cuentas de difuntos, los ríos de  rabia, los quemantes hielos de la venganza? No puedo amarte como eres, ni siquiera mereces llamarte patria mía, no quiero tu bandera anegada de sangre, no quiero tu indiferencia con los pobres que son la mayoría de tus hijos. ¿O acaso quieres que me vaya como tantos que se han ido en busca de una patria verdadera que les permita llevar a la mesa el pan de cada día?

Sí, sé que tienes muchas cosas bonitas: diversidad de aves, selvas misteriosas, páramos que rozan las nubes, ríos como culebras que se mueven en todas direcciones, bosques en los que podría guardarse el resentimiento. No es mi culpa, me dices con voz queda, yo estaba sola y vinieron de todas partes, unos primero, otros después, aquí se quedaron y eso es lo que hay en esta viña. ¿Será que cabemos todos? ¡Pero no de cualquier manera! Tú has sido injusta en la repartición de los panes y por ello hasta comer se ha vuelto un privilegio.

Duele vivir en esta tierra. Duele levantarse y desayunar el pan amargo de la injusticia, comprobar que alguien que amamos  fue desalojado del mundo y no hay un sitio donde llorarle; errar como un alma en pena en los hospitales y morgues; reunir dineros para pagar un rescate y recibir a cambio los despojos del ser amado.

La crueldad se ha erigido en reina y debemos destronarla. Que el dedo agarre bien el lápiz y no jale del gatillo, que el desvelo de la venganza se trasforme en compasión; que los hijos entierren a los padres y no al contrario; que la vida se alce victoriosa como una cometa que el viento de la fraternidad sostiene en el aire. Hay que cerrarle la puerta a la ira y dejarla en ayunas hasta que se convierta en robusta esperanza de sueños comunes.

Debemos soñar con el poeta: «Vámonos patria a caminar, yo te acompaño»[1]. Yo te seguiré en la luz que irradias, cuando más que una bandera al viento seas las manos juntas de quienes siembran la tierra. Yo estaré a tu lado cuando despiertes de tu sueño de muerte y abrace al peregrino a las puertas de la justicia. Yo iré contigo hasta el final de esta larga pesadilla, te conviertas en la casa de todos y tengamos una segunda oportunidad sobre la tierra.

[1] Título del poema de Otto Rene Castillo, poeta guatemalteco, quemado vivo junto con su novia en 1967 a la edad de 31 años.

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