PAZ EN COLOMBIA

EL DRAMA EXISTENCIAL DE LOS DEL NO FRENTE AL ACUERDO DE PAZ

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EL drama existencial de los del NO frente al Acuerdo de Paz

Por Héctor Peña Díaz

Como malos estudiantes seguimos sin hacer la tarea: no leímos el Acuerdo de Paz antes del plebiscito y no lo hemos hecho después del aplazamiento del SÍ. Queremos que otros lean por nosotros y nos soplen en el examen. De este modo estamos condenados a que unos pocos decidan el rumbo de los acontecimientos. Los de siempre (la mayoría) silenciosos e indiferentes, los del Sí a la defensiva y los del No deshojando los tallos del Acuerdo.

Lo cierto es que hay un nuevo Acuerdo basado en la estructura básica del anterior que se sometió al plebiscito y en él se recogen muchas de las propuestas de ajuste que hicieron los voceros del No. Cualquier que sea la forma que se elija para la refrendación del Acuerdo Final, es necesaria una difusión amplia del nuevo Acuerdo, pues no podemos caer en los mismos errores ante una posible convocatoria al constituyente primario. Pero aún si se optara por la vía de la refrendación por parte del Congreso y no se convocara directamente al pueblo para su ratificación, si no hay un conocimiento y apropiación por la ciudadanía de los contenidos y de las instancias de participación que prevé el Acuerdo, las soluciones allí planteadas serían como flores disecadas en un herbolario o entre las páginas de un libro olvidado.

Concentrémonos en un asunto: ¿qué es realmente lo que pretenden algunos voceros reconocidos del NO, a partir del examen del nuevo Acuerdo de Paz y los ajustes que finalmente fueron incorporados?

Loa árboles de las numerosas glosas al Acuerdo obstaculizan ver el bosque de sus verdaderas intenciones. Es evidente que después del plebiscito muchos de los voceros del No leyeron a las carreras el Acuerdo Final y elaboraron una lista de reproches sin una sustentación muy sólida y con mucha vaguedad en la propuestas de solución a los puntos en cuestión.

Si el Acuerdo pudiéramos resumirlo en una sola frase diríamos que es “un proyecto de ampliación democrática”, lo que supone un conjunto de trasformaciones institucionales a mediano y largo plazo que elimine la violencia de la vida política y consolide las posibilidades de una mínima justicia social. Si convenimos que esto es así, iremos entendiendo el porqué de la oposición al Acuerdo de muchos sectores curiosamente situados en la derecha del espectro político.

El temor de dichos sectores no es infundado. Intuyen que su proyecto político se quedará sin suficiente oxígeno frente al desarrollo de los Acuerdos de Paz. No es que se haya pactado la “revolución por contrato” en La Habana, pero tampoco se trata de un simple desmonte del aparato armado de la guerrilla; hay un aliento reformista en lo que se pactó, un esfuerzo por conjurar algunas causas y muchos de los efectos del conflicto armado. Si se mira con ojo crítico y con microscopio de abogado encontraremos que en el Acuerdo no hay ninguna ruptura de fondo con el orden institucional vigente, aunque si hay soluciones originales a problemas complejos, como por ejemplo el diseño de la justicia transicional para hacer posible ese cambio cualitativo entre una situación de enfrentamiento bélico a un proceso de solución de diferencias y lucha por el poder dentro de unas reglas de juego aceptadas por todos.

Las críticas están divididas en dos segmentos bien diferenciados que se corresponden con los dos  grandes temas del Acuerdo: el conjunto de garantías políticas y de seguridad para el nuevo movimiento político que surja de las Farc y el proceso de reformas previsto en la estructura agraria y en las dinámicas de la participación política de los sectores de oposición y en las comunidades afectadas por el conflicto.

La táctica política de los del NO ha sido atacar los “presuntos” beneficios a la guerrilla en materia de participación política y el tratamiento “benigno” en la justicia transicional que, dada la polarización existente y los altos índices de desaprobación de las FARC, tienen una amplia recepción en la ciudadanía, para renglón seguido expresar sus verdaderos propósitos: liquidar todo el proceso de reformas contemplado en el Acuerdo de Paz.

El drama existencial de los del NO es que el fin de las FARC como aparato militar debilitaría el proyecto reaccionario en el que están empeñados, pues  muchos de sus liderazgos y políticas crecieron y se expandieron a la sombra del conflicto armado. Es plausible conjeturar que si las FARC entregaran sus armas sin ninguna reforma política y social a cambio, estos sectores estarían dispuestos a concederles todas las garantías posibles sin ninguna cortapisa legal.

De ahí que su insistencia en que los jefes de la guerrilla desmovilizada salgan del monte hacia las cárceles y no puedan hacer política, o es una coartada para frenar las reformas sociales del Acuerdo o es algo más de fondo: nunca han aceptado como interlocutores políticos a la guerrilla y toda la negociación de paz no sería más que una claudicación ante la amenaza terrorista que es la manera simplificada como estos sectores caracterizan la lucha armada.

Si esto es así, parecería entonces que no hay ajustes ni cambios al Acuerdo que satisfagan los requerimientos del NO, produciéndose un nudo ciego que podría dar al traste con todo el proceso de paz.

La solución no es fácil y tendrá que ser de carácter político.  Hasta el momento, los ciudadanos hemos sido espectadores de lo que hagan o dejen de hacer los profesionales de la política, pero va a llegar la hora en que debamos actuar decidida y democráticamente, si no queremos vernos arrastrados por un alud de acontecimientos imprevisibles con su corolario de destrucción y muerte como la historia colombiana nos ha enseñado.

 

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