DEBATE CONSTITUCIONAL

A SALVO PARA MORIR

 

2e3d7925143239-5634220fc9e41Por Alejandro Veramar

A última hora me ha indultado el presidente, pero voy a necesitar un buen tiempo para recuperarme de mis heridas en el costado y en el cráneo. Mi historia es breve en años,  larga en humillaciones y sufrimiento. Desde muy pequeño fui escogido con otros compañeros de generación para una sola y única tarea, incluso diría que mi destino estaba escrito aun antes de que mis compañeros y yo naciéramos. Los primeros años parecían tranquilos, éramos chicos, corríamos por todas partes y jugábamos a pelear entre nosotros sin hacernos daño. A medida que fuimos creciendo, unos especialistas se fueron ocupando de nosotros, siempre había alguien que nos controlaba, nos separaban sin saber por qué y a muchos no los volvimos a ver. Como yo siempre me caractericé por ser hiperactivo no me maltrataron tanto como a otros compañeros a los que  acosaban y derribaban e incluso les ocasionaron la muerte. Usted es como un gladiador de la antigua Roma me repetía el hombre que me vigilaba. La mayor parte del tiempo la pasábamos solos y la consigna era que no tuviéramos contacto con nadie para que no cogiéramos mañas ni aprendiéramos cosas que no debíamos frente a lo que se esperaba de nosotros. Cuando ya tuve el cuerpo y la fuerza de un ser maduro me informaron que estaba preparado para cumplir con mi destino. Fuimos escogidos seis compañeros, una madrugada nos embarcaron como si fuésemos reses para el matadero. No tuvimos tiempo de comentar nada, pero nos mirábamos asustados porque algo malo presentíamos. Nos hicieron bajar delante de mucha gente que gritaba y nos percatamos que no saldríamos vivos de aquella encerrona. Cada uno de nosotros fue metido a la fuerza en una especie de cajón y luego de un tiempo en la oscuridad llegó un doctor a examinarnos. Recuerdo que refiriéndose a uno de mis compañeros, el doctor dijo en voz alta, este no sirve hay que remplazarlo urgente y ustedes ya saben qué hacer con él. Nos dejaron allí, la noche fue muy larga y triste, la incertidumbre corroía nuestro ánimo y hacía mucho frío antes del alba. El sol nos dio una falsa esperanza. A mitad de la mañana regresó el doctor a examinarme y dio el visto bueno. Hacia el mediodía llegaron unos funcionarios, creí entender que hablaban de nosotros y alguien señalándome con el dedo dijo: este será el último.  La tarde amarilla y cálida alumbraba la ciudad, el bullicio primero fue un rumor y después parecía las olas de un mar embravecido. Entre el delirio de los gritos y la música oía las quejas de dolor de mis compañeros, los herían sin piedad y las trompetas sonaban, escuchaba la tos de sangre y una voz de agonía que me helaron las entrañas. Me sentía solo, el pálpito me decía que mis compañeros estaban muertos, no sé explicarlo, pero cuando alguien está vivo una secreta corriente de luz fluye y la podemos percibir con un sexto sentido. Llegó mi turno, me empujaron y de repente el sol de las cinco de la tarde hirió mis pupilas, vi la sangre derramada de mis hermanos, la gente vociferó hasta el paroxismo, entendí en un segundo las líneas de hierro de mi destino, era un ser para la muerte y esa era mi tarde. Me rebelé con todas mis fuerzas porque quería ser libre. Derribé al caballo y su jinete a pesar del dolor en el plexo braquial, hice correr a un falso bailarín que se paraba en la punta de los pies, le ayudé al hombre del capote a hacer sus verónicas en el aire, los pasodobles hacían henchir los corazones, la muleta no se quedaba quieta con la brisa y el hombre la apaciguaba del mismo modo que algunas muchachas sostienen la falda con sus dedos en su lucha con el viento. No lo quise agredir y seguí el engaño rojo hacia donde su mano me señalaba. No di tregua en ninguno de los tercios y así logré librarme de la muerte. Al hombrecito lo sacaron en hombros y a mí me mandaron vivo a los corrales. He vuelto al campo y como les conté al comienzo me recupero de mis heridas. Al llegar los caporales me dijeron que me había salvado por mi trapío y que ahora me iba a convertir en un semental para reproducir mi casta. Eso sí no, pensé, además comprendí en ese instante porqué me había rebelado, quería ser libre para morir también y me hice el propósito de subir esa misma noche al cerro más alto de la dehesa y desbarrancarme hasta caer en un pozo profundo de aguas tranquilas.

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