DEMOCRACIA

CONTRA EL ODIO Por Rubén Jaramillo Vélez

Contra el odio

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Rubén Jaramillo Vélez*

El ocho de mayo de 1936 Thomas Mann pronunció una conferencia en la Sociedad Académica de Psicología Médica de Viena, que repitió varias veces durante el mismo mes en diferentes lugares y finalmente leyó, el domingo 14 de junio, ante el propio homenajeado, con motivo de su octogésimo aniversario. Se intitulaba Freud y el porvenir, y concluía con las siguientes palabras: «No carece de sentido el pensamiento de que la liquidación de la gran angustia y del gran odio, su superación por el establecimiento de una relación irónico-artística y, sin embargo, no carente necesariamente de piedad, con el Inconsciente, pueda alguna vez ser considerado como el efecto terapéutico de esta ciencia para la humanidad».

Esa ciencia era el psicoanálisis, del cual el gran escrito decía que en el futuro sería reconocido como “uno de los sillares más importantes que se han aportado para una nueva antropología” que, según agregaba, se estaría formando de múltiples maneras y que contribuiría “al fundamento del porvenir, a la casa de una humanidad más inteligente y más libre”. Preveía que en el futuro Freud sería honrado como «el precursor de un humanismo del porvenir que nosotros presentimos y que habrá de atravesar por muchas cosas de las que nada supieron los humanismos anteriores, un humanismo que mantendrá con las fuerzas del inframundo, del Inconsciente, del ‘Ello’, unas relaciones más atrevidas, más libres y serenas, más maduras artísticamente, de las que pudo mantener una humanidad como la actual, acosada por la angustia neurótica y por el odio nacido de ella».

Tenía sobrada razón el gran escritor para referirse a tal asunto justo en aquel momento. Tres años atrás, el diez de mayo de 1933, sus libros, así como los de su hermano Heindrich y los del propio Freud, entre otros, habían sido quemados públicamente en Berlín por los estudiantes nazis, como representativos del “espíritu anti-alemán”, en un acto de barbarie precedido, como los Autos de Fe medievales, por una declaración solemne: “Contra la sobrevaloración de la vida sexual, destructora del alma, y en nombre de la nobleza del espíritu humano, ofrezco a las llamas los escritos de Sigmund Freud”.

Percibimos en ello un craso ejemplo de la dinámica y las implicaciones del prejuicio en acción. Siempre se trata de la autoconservación, preservar una supuesta “identidad”, que debe permanecer inmaculada, no afectada, no contaminada por lo otro, lo diferente, lo novedoso, que se califica de “negativo” o “disolvente”. Por las “ideas foráneas”, todo lo que conlleve a una crítica a lo establecido y acostumbrado por y para una determinada comunidad, un pueblo, un grupo social. Porque, como lo ha formulado Castoriadis, “ser socializado significa en primer lugar y ante todo catectizar* la institución existente de la sociedad y sus instituciones imaginarias que pueden ser los dioses, los espíritus, los mitos, los tótems, los tabúes, la parentela, la soberanía, la ley, el ciudadano, el Estado, la justicia, el capital, el interés, la realidad etc.”.

¿Cuál realidad? Según el autor que acabamos de citar ella es, con toda evidencia, una significación imaginaria, y en cada sociedad su contenido concreto está ampliamente codeterminado por la institución imaginaria de la sociedad. De ahí que la experiencia cotidiana sobre lo real en la mayoría de los casos aparezca desde sus orígenes influida, en último término, por una sutil estructura de prejuicio: “a través de una serie de círculos concéntricos –la familia, la parentela, el clan, la localidad, el grupo de edad, el grupo o la clase social, la nación, la ‘raza’- el mundo de sentido del sujeto que va haciéndose individuo se amplía progresivamente, y esto va unido a una identificación más o menos fuerte que se extiende a unidades más vastas”.

Ya Schopenhauer había pensado que el prejuicio actuaría, en tanto abreviatura del pensamiento, en función de la autoconservación. Pero esto puede llegar a significar precisamente justificar el mantenimiento de un estado de cosas irracional, el sostén de estructuras sociales injustas, anacrónicas. Cuando en el transcurso del proceso histórico y social, condicionado, según su propia naturaleza, por el antagonismo, quienes asumen la vocería de los sectores oprimidos desenmascaran el modo como éstas se han consolidado (así como la forma mistificada como ello se refleja en la conciencia de los hombres) y plantean en consecuencia alternativas viables de una reorganización de la sociedad más adecuada a los intereses y el bienestar de los asociados, la reacción de los grupos privilegiados que se benefician de aquellas puede conducir a instrumentalizar el odio, con base en la angustia, el temor ante el cambio, aprovechando la peculiar inercia de la conciencia, que siempre se mantiene rezagada con respecto a los procesos de la transformación, adormilada y manipulada por el sistema de prejuicios vigente: la ideología que legitima una determinada estructura de dominio.

La catexis de las instituciones y de la sociedad en general, de sus valores, sus violencias, sus tabús y sus delirios, puede reflejarse entonces en el repliegue del individuo hiperadaptado en sí mismo, su refugio en un narcisismo que buscará siempre afirmarse y confirmarse en la opinión vigente: en un supuesto “espíritu objetivo” que nunca se cuestiona porque hacerlo podría significar ese momento de inseguridad a que se refería Kant cuando planteaba que era por pereza y cobardía que los hombres preferían permanecer en un estado de minoría de edad, no atreviéndose a hacer uso del entendimiento propio sin la ayuda de otro, una forma tautológica de existencia que llevada al extremo por el autoritario le impide en realidad hacer experiencias.

Cuidadosas investigaciones llevadas a cabo en los Estados Unidos durante los años de la posguerra con la colaboración de algunos intelectuales exiliados, víctimas de la dictadura hitleriana, demostraron en efecto, con base en un considerable material empírico (encuentras, entrevistas, pruebas de personalidad) la forma como ciertas estructuras caracterológicas bloquean en quienes las padecen su capacidad para experimentar la realidad de manera espontánea y desprejuiciada. En la obra publicada en 1950 con el título La personalidad autoritaria, que recogía el resultado de esas investigaciones, se trazó el perfil del comportamiento de esos caracteres sometidos ciegamente a la autoridad como el resultado de un proceso bastante rudimentario de individuación: personas más bien convencionales, que sólo podían pensar de acuerdo con estereotipos o lugares comunes; supersticiosas, inclinadas a reprimir sus deseos y a desviar el sentimiento de frustración proyectando su odio en los otros, en particular en quienes ellos juzgaban débiles y diferentes, o particularmente felices.

Sabemos sin embargo que, desde sus orígenes, la filosofía y el pensamiento crítico han sido impulsados por la fuerza de lo negativo, se han planteado la necesidad y se han impuesto la tarea de superar el estadio de lo inmediato y convencional, de la opinión y la mitología. Tal y como lo ha formulado Theodor Adorno, coautor de la obra a que nos referíamos en el párrafo precedente, «la opinión defectuosa, las deformaciones de los prejuicios, de la superstición, del rumor, de la locura colectiva, tal y como se han presentado en la historia y también en todos los movimientos de masas, no pueden ser separadas del concepto mismo de opinión». Considera él que a la misma dinámica del concepto de opinión «le es inherente la opinión patológica, la idea colectiva distorsionada y supersticiosa en la que se reproduce la dinámica real de la sociedad cuya falsa conciencia necesariamente produce tales opiniones”, y afirma que “la tendencia hacia la opinión enfermiza proviene de lo normal».

Así, según lo ejemplifica, “cuando alguien proclama como propia una opinión, por trivial que sea, no corroborada por alguna experiencia y extraña a toda reflexión, le otorga, aunque aparentemente la formule como una limitación, la autoridad de un reconocimiento por su relación con él mismo como sujeto”. Y reconoce que sería insensato considerarse uno libre de esa tendencia, que proviene del narcisismo, “es decir, del hecho de que hasta hoy los hombres están constreñidos a destinar una parte de su capacidad de amar, no a otra persona sino a sí mismos, en una forma reprimida, inaceptable y por tanto ponzoñosa de amar”, por lo cual, con demasiada frecuencia, la opinión que uno se haga de algo se convierte en cuanto propiedad de uno mismo, “en elemento integrante de la propia persona, y todo ataque a la opinión es registrado por el In-consciente y la preconciencia como una agresión a la persona misma”.

De donde provendría la necedad, “la inclinación de los hombres a empecinarse tercamente en insensatas opiniones, inclusive cuando racionalmente tienen conciencia de su falsedad”, una forma de comportamiento no sólo ampliamente difundida sino socialmente aceptada. “El necio desarrolla, para mantener alejada toda lesión a su narcisismo –que el abandono de la opinión podría ocasionarle- una agudeza que muchas veces supera su propia capacidad intelectual… la razón al servicio de la sinrazón –en el lenguaje freudiano: al servicio de la racionalización- se ofrece a la opinión y la refuerza hasta tal punto que ya no es posible alterarla y hacer patente su absurdo…”

Concluye adorno que, puesto que la instancia que sustrae a los hombres del poder de decidir entre la opinión y la verdad es la sociedad misma, con demasiada frecuencia “la opinión común, la communis opinio, reemplaza de hecho a la verdad e, indirectamente, a la postre también en algunas teorías positivistas del conocimiento…” Pues, de hecho, sobre qué sea verdad y qué mera opinión y qué, por tanto, consiste en casualidad y arbitrariedad, no decide, como ideológicamente se quiere, la evidencia, sino el poder social que denuncia como pura arbitrariedad lo que no concuerda con su propia voluntad arbitraria”, razón por la cual los límites entre la opinión sana y la enferma no son fijados en la práctica por un conocimiento objetivo sino por la autoridad imperante y cuantos más borrosos se hacen esos límites “tanto más desenfrenada prospera la opinión…” **

Si pensamos en ello y lo relacionamos con la dramática situación que ha estado viviendo este país a lo largo de los últimos años: la cruda violencia, la desenfrenada orgía de odio; los ataques a la población civil no involucrada en el conflicto, las matanzas indiscriminadas; el caudal de rencor acumulado, el desarraigo y la desesperanza, de cientos de miles ya; la disolución de los vínculos, la decadencia, hasta la desintegración, de aquellas vivencias y valores que, compartidos, fundan, renuevan y garantizan la convivencia entre los ciudadanos, podemos llegar a comprender algo que en repetidas ocasiones se ha planteado: la necesidad de suscribir un Colombia un nuevo “contrato social”, un nuevo trato.

Es el asunto que tanto preocupara a ese gran hombre, Juan Jacobo Rousseau, cuyos escritos, conocidos desde su juventud, tanto influyeron en la formación y orientación del Libertador Simón Bolívar, cuando se preguntaba por el origen de aquel pacto o contrato fundacional de la convivencia humana, aquel juramento contra la agresión, a favor de la transacción y el consenso, el respeto y el reconocimiento de los otros, y consideraba el cambio tan notable que produciría en los hombres lo que llamara la transición del estado natural al estado civil, “al sustituir en su conducta la justicia al instinto”, lo que daría a sus actos la moralidad de que carecían en un principio, “de tal modo que al remplazar la voz del deber al impulso físico y el derecho al apetito, el hombre, que antes no había considerado ni tenido en cuenta más que a su persona, se ve obligado a obrar basado en distintos principios, consultando a la razón antes de prestar oído a sus inclinaciones”. Escribía Bolívar en una carta fechada el 27 de agosto de 1820, a un año y veinte días de la batalla del Puente de Boyacá, que dio feliz término a la campaña libertadora de la Nueva Granada: “El hombre no tiene más patria que aquella en que se protegen los derechos de los ciudadanos y se respeta el carácter de la Humanidad”.

NOTAS

*Profesor Departamento Filosofía, Universidad Nacional  de Colombia. Este texto fue originalmente publicado en el nro. 8 de la revista Contravía.

**Forma verbal de catexis, traducción al español, a partir del griego, del término alemán Besetzung. “Concepto económico, la catexis hace que cierta energía psíquica se halle unida a una representación o grupo de representaciones, una parte de cuerpo, un objeto, etc. (…) El término Besetzung es de empleo constante en la obra freudiana; su extensión, su alcance, han podido variar, pero se halla presente en todas las etapas del pensamiento de Freud (…) la energía de catexis es la energía pulsional que proviene de fuentes internas, ejerce una presión constante e impone al aparato psíquico la tarea de transformarla (…) por una parte se considera que toda energía de catexis tiene su origen en las pulsiones; pero, por otra, se habla de una catexis propia de cada sistema. La dificultad es apreciable en el caso de la catexis llamada inconsciente. EN efecto, si se considera que esta catexis es de origen libidinal, se tiende a concebirla como presionando incesantemente las representaciones cargadas hacia la conciencia y la motilidad; pero a menudo Freud habla de catexis inconsciente como de una fuerza de cohesión propia del sistema inconsciente y capaz de atraer hacia él las representaciones: esta fuerza desempeñaría un papel fundamental en la represión”. (J. Laplanche y J. B. Pontalis, Diccionario de Psicoanálisis. Barcelona, Ed. Labor, 1971, páginas 51 – 55)

***Los textos de Cornelius Castoriadis y Theodor Adorno provienen respectivamente de “Las raíces psíquicas y sociales del odio”, en Figuras de lo pensable (Fronesis Cátedra. Universidad de Valencia, 1998, página. 183 – 185); y “Opinión, locura, sociedad”, en Intervenciones nueve modelos de crítica (caracas, Monte Ávila Editores, 1969, págs. 138 – 142. En este último caso hemos modificado ligeramente la traducción y la puntuación.

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