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Un diamante de 75 quilates en la mina de carbón colombiana

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Por Héctor Peña Díaz

Viendo a diario el espectáculo de tanto bellaco que se roba los dineros públicos, de tanto simulador que se hace pasar por buena persona, de tanto colombiano que se cree más inteligente de lo que realmente es, de tanto vanidoso en busca de un micrófono, de tanto avivato haciéndose pasar por lo que no es; en fin, asistiendo al triste desfile de narcisos que pululan como moscas en los muladares, me resulta imperioso expresar en voz alta una certeza: hay personas que valen la pena, no muchas, entre las que conozco y de la que me siento orgulloso de ser su amigo se encuentra invicto y sereno: Enrique Santos Molano. Sencillo como el pan de barrio y modesto como de verdad lo son los grandes hombres, camina orgulloso por la vida con su apariencia frágil, su portentosa inteligencia y su elefantiásica memoria de historiador no oficial. Siendo el más brillante de los hijos de Calibán tuvo la fortuna de no convertirse en alcahueta del establecimiento como lo fueron sus hermanos Santos Castillo. El destino lo llevó por otros rumbos más cercanos a los libros que a las ceremonias del poder. Todo ese tesón y disciplina de días y noches escribiendo parió unas bellas criaturas históricas, ensayísticas y literarias. Por ejemplo, si cualquier persona quiere saber sobre la vida y las ideas del más grande colombiano de todos los tiempos (y no se equivoquen por favor) habrá que leer y consultar sus obras sobre Antonio Nariño, el verdadero héroe de nuestra independencia. Y si quisiéramos indagar por uno de los grandes poetas que ha dado esta tierra de vates (u orates) es imprescindible acercarse a ese edificio colosal que es El corazón del poeta, la biografía definitiva sobre José Asunción Silva que le costó la bobadita de casi veinte años de trabajo. Y como si fuera poco nos ha dejado biografías sobre Jiménez de Quesada,  Rufino José Cuervo y la juventud de los hermanos Santos (la generación del Tío Eduardo Santos); estudios históricos sobre la separación de Panamá, las heroínas de la independencia, las grandes conspiraciones de la historia colombiana);  bellos y variados textos sobre su ciudad amada (la nuestra): Bogotá. Pero capítulo aparte merece, a mi juicio, la novela más seria y lograda en Colombia después Cien años de Soledad, se trata nada más ni nada menos que Mancha de la tierra, una porcelana verbal, una exploración en los tiempos fundacionales de nuestra república, la triste historia de la revolución frustrada de los comuneros que a pesar de sus fracasos y sus traiciones hizo posible años más tarde la independencia y que marcó con la sangre derramada de los mártires comuneros el grado de dificultad que ha sido siempre tratar por las buenas de realizar algún cambio verdadero en las condiciones sociales del pueblo.

Hombres como Enrique Santos Molano hacen falta y le harán falta a este país cuando las generaciones que quisimos cambiar este orden injusto ya no estemos y sean otros, los que sueñen y gobiernen una patria más dulce y acogedora, ojalá no los vástagos de las  élites corruptas, indolentes y analfabetas que se pasean orondas por el país de los privilegios.

[1] Enrique Santos Molano nació en Bogotá el 16 de febrero de 1942

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