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EL CHE, HOMBRE Y DESTINO

El Che: hombre y destino *        Por Héctor Peña Díaz

Mantegna

He vuelto a mirar el “Cristo Muerto” de Andrea Mantegna, pintor italiano del Quattrocento y no deja de asombrarme su inmenso parecido con el cadáver del Che Guevara, que el mundo conoció en Vallegrande, aquel octubre del 67. No sólo es la posición de escorzo de ambos cuerpos, el pecho descubierto, los brazos y las manos recogidos sobre si haciendo un arco de sombra, sus melenas y chiveras desordenadas, sino la tremenda humanidad que emana de estos dos hombres inertes. De los Cristos descendidos ninguno me conmueve tanto como el de Mantegna, en el lienzo yace el Dios que supo ser hombre con la fragilidad y dulzura propias de la condición humana. El repaso de la pintura de Mantegna y de las fotografías de Freddy Alborta Trigo ofrece una clave para comprender el mito del Che y nos habla del arraigo que ciertas imágenes tienen en el inconsciente colectivo.

Se pueden intentar explicaciones, pero la línea divisoria entre el hombre y el mito ha desaparecido. En el Che sí que se hacen ciertas las palabras de Malraux, de que “la muerte de un hombre convierte su vida en destino”. Las circunstancias de su muerte potencian el mito, su calvario en La Higuera está íntimamente ligado a su vida y a su personalidad. Dicho en versos de Rilke, El Che tuvo una muerte propia, “una muerte brotada de su vida / en la que encontró el amor, un sentido y su dolor”, con independencia de la infamia que significa rematar un herido en combate. Uno de los soldados que participó en su captura dijo textualmente: “parecía un Cristo”, el mismísimo agente de la CIA, Félix Rodríguez escribe, recordando el cadáver del Che, “cuyos ojos aguados mantenían una indescriptible tristeza”, -Aquí me detengo y veo la fotografía del cadáver del Che en los lavaderos del hospital del señor de  Malta y recuerdo la frase de Úrsula Iguarán: “Lo han matado a traición y nadie hizo la caridad de cerrarle los ojos-, incluso hay unas fotografías del Che vivo y capturado, en las que rodeado de soldados camina como el Mártir del Gólgota hacia el cadalso. Las analogías a la pasión y muerte de Jesucristo son frecuentes en los escritos  sobre el Che y a pesar del carácter fantasioso de muchas de ellas, hay elementos de la realidad que le dan cabida a la figura poética. El Che y sus compañeros de armas, como Jesús y sus apóstoles, tratando de redimir el mundo en una tierra adversa, el primero del pecado, el segundo de la explotación. Su muerte decidida por otros con Poncio Pilatos incluido, incluso hay versiones, en las que se dice que una mujer gritaba en La Higuera: ¡mátenlo! ¡Mátenlo!, mientras que San Juan cuenta que los sacerdotes y alguaciles gritaban a Pilatos: ¡crucifícale! ¡Crucifícale!

Lo paradójico es que hoy muchos campesinos de Vallegrande y sus alrededores, que en su día le negaron su apoyo, hoy lo invocan como un santo, prurito recurrente en América Latina, en donde los  muertos tienen una comunicación más directa con la divinidad para resolver los asuntos humanos.

Pero más allá de un ejercicio sentimental y literario, como podría ser la búsqueda de coincidencias entre el Che y Cristo, lo importante es preguntarnos por qué se acude tan espontáneamente a los símbolos religiosos para interpretar el destino de un hombre como el Che. A respondernos acuden a las palabras de Marx sobre la religión, en el sentido de que esta no sólo es la “autoconciencia y el sentimiento del hombre que aún no se ha ganado a sí mismo o ya se ha vuelto a perder”, sino que también es un consuelo de la “miseria real”, “el suspiro de la criatura agobiada, el estado de ánimo de un mundo sin corazón…”; yo agregaría que en muchas partes del mundo hoy la religión, en particular el cristianismo con el Concilio Vaticano II y la teología de la liberación, también es un anhelo de justicia terrestre, una lucha contra los poderes que explotan e instrumentalizan a los hombres.

El Che, es la hipótesis, pertenece a una remota tradición de rebeldes religiosos, su vida tiene ecos de San Pablo, sobre todo cuando nos detenemos en el peregrinaje de Saulo por el medio y cercano oriente llevando el mensaje del “dios desconocido”, su errancia  de la mano de la causa divina y su trágico final en las prisiones del imperio romano. Curiosamente el general Ovando Candía llama al Che y sus hombres “apóstoles de falaces evangelios”.

Engels en su último texto, conocido como su “testamento político” establece una analogía entre el movimiento de los trabajadores con el de los primeros cristianos  que inevitablemente nos recuerda la propia percepción que el Che tenía de su lucha: “La historia del cristianismo primitivo tiene notables puntos de semejanza con el movimiento moderno de la clase obrera. Como este, el cristianismo fue en sus orígenes un movimiento de hombres oprimidos. Al principio apareció como la religión de los esclavos y de los libertos, de los pobres despojados de todos sus derechos, de pueblos subyugados o dispersados por Roma. Tanto el cristianismo como el socialismo  de los obreros predican la próxima salvación de la esclavitud y la miseria. El cristianismo ubica esta salvación en una vida futura, posterior a la muerte, en el cielo. El socialismo  la ubica en este mundo, en una transformación de la sociedad. Ambos son perseguidos y acosados, sus adherentes son despreciados y convertidos en objeto de leyes exclusivas, los primeros como enemigos de la raza humana, los últimos como enemigos del Estado, enemigos de la religión, de la familia, del orden social… ”

Una vida tan singular como la del Che admite muchas interpretaciones y deja en el aire infinidad de preguntas. En principio se podría decir que la multitud de hechos y acciones en la vida de un hombre cualquiera, adquieren un sentido y un orden con la muerte; que por modesta que sea la vida de una persona se dan en ella algunos acontecimientos que la transforman radicalmente, algo así como unos puntos de ruptura que estarían dándole forma y contenido a un destino individual. La muerte con su vocación de aguafiestas es una síntesis y coloca siempre un sello, pequeño o grande según el caso, en la vida de cada ser humano.

El Che que había sido un viajero impenitente, que todavía en los primeros tiempos de México soñaba con viajes quiméricos a Oriente, encuentra una noche en casa de Maria Antonia, la revelación de su destino y, lo intuye de tal modo, que en sus notas personales describe días después ese encuentro con Castro, como el punto de ruptura de su vida. El Che a los 29 años, igual que Bolívar en Cartagena, después de Puerto Cabello, encuentra una respuesta a su laberinto viajero y se mete a fondo en la lucha contra la dictadura de Batista. El Che como Bolívar y San Martín, es un ciudadano del mundo, trotamundos y soñador, pertenece a una tradición de guerreros que nunca vieron en América Latina, sólo un mosaico de repúblicas, sino un continente con un destino propio y unas identidades históricas y sociológicas.

El Che pensaba que así como el combate contra el imperio español congregó a patriotas de todas latitudes, la lucha contra el imperialismo norteamericano debía convocar a revolucionarios de todo el mundo. Por ejemplo, bastaría mirar el caso boliviano y en el panteón de los héroes de su independencia hay patriotas argentinos que lucharon por esa causa común. Para algunos militares como el general boliviano que combatió al Che, Saucedo Parada, es artificiosa esa comparación, porque en la época de la independencia había un enemigo común: la corona española. Sin embargo, desaparecido ese factor de unidad contradictorio, emergieron a la superficie liberada de España, diversas repúblicas bajo el signo de la división y sojuzgadas en su autonomía por los intereses de los Estados Unidos.

El Che se nos aparece como un hombre del Renacimiento, en la medida en que es un hombre que se educa a sí mismo, que son sus experiencias y viajes ––los caminos de América Latina––, libros abiertos para su espíritu curioso. La carta de despedida a sus padres nos da una clave: “he pulido con una fina delectación mi voluntad”. Pero esa voluntad que el Che se ha forjado para sí tiene una profunda raigambre jacobina que lo aleja del común de los mortales y que se va a traducir en su carácter temerario a la hora del combate y en una exigencia a los otros de índole romántica. Pues no hay que olvidar que el Che ha cultivado su espíritu y su mirada en el seno de una familia pseudo-aristocrática, en el que el principio de realidad burguesa es observado con desdén o indiferencia. Y este rasgo de su personalidad se va a expresar de diversos modos.

Un ejemplo de ello es cierta incomprensión del Che sobre las condiciones y valores de la lucha urbana de masas, del trabajo político que realizaba en movimiento 26 de julio en las ciudades cubanas contra la dictadura batistiana. En ese mismo rasgo está el origen del mito, su actitud estoica ante la adversidad, su práctica igualitaria como combatiente, su necesidad de enseñar con el ejemplo. La marcha de la Sierra Maestra al Escambray erige al Che Guevara en un verdadero paradigma del héroe, acosado por la fiebre y el asma, perseguida sin tregua su columna, sin medicinas y alimentos, entre ciénagas y pantanos infernales logra -como un Moisés en el desierto- cumplir la misión de llegar al Escambray y sellar la suerte de la revolución cubana.

Pero es evidente que el Che no es un hombre del Poder, la burocracia le pesa a su espíritu y a su sed de utopías. Su alejamiento de las responsabilidades con el gobierno cubano y sus incursiones en el Congo y Bolivia son la demostración inequívoca. El Che que acostumbra a llevar diarios de sus viajes y luchas es un hombre con una conciencia alterna, que puede verse a sí mismo desde afuera, hasta el punto de que sus propias frases proporcionan una serie de metáforas que ayudan a entender el mito. “Vuelvo al camino con la adarga al brazo”, “dónde mis huesos andarines me llevaran”, “pequeño condottiero del siglo XX”, “un nuevo Bakunin”, “poeta fracasado que llevo dentro”. En todas ellas aflora la conciencia de un destino personal, El Che se siente predestinado y desprecia el peligro, su humor corrosivo lo salva de ser un insensato, a través de una larga conversación consigo mismo depura su voluntad y arraiga sus convicciones. De ahí que su mayor influencia sea él mismo, pues de algún modo secreto, el Che se modela a sí mismo para los altos fines con que sueña.

El Che vivió el poder y la gloria y ambas cosas hizo a un lado, –no la idealiza como Bolívar, a quien tanto le importaba su propia gloria-, fue héroe en vida y normalmente los héroes no mueren de viejos en la cama.  Cuando llega a Bolivia, él mismo y principalmente su entorno creen que su “querida presencia” es garantía de victoria, sólo que los molinos de viento eran la CIA y unos soldados bolivianos entrenados exprofeso para combatir la guerrilla de Ñancahuasu, pues la CIA tenía información certera sobre la presencia del Che en Bolivia desde  sus arribo a La Paz-.

 

Historiadores como René Zabaleta y Herbert Klein consideran que el fracaso del Che en Bolivia, no tiene tanto que ver con la falta de compromiso del partido de Monje ni con la accidentada geografía cruceña, sino básicamente con dos hechos: la poca cooperación del campesinado -yo agregaría que si cooperó, pero con el ejército boliviano- y los inexistentes vínculos del Che con los mineros.

En cuanto a lo primero asombra que el Che Guevara, quien había vivido de cerca la revolución del 52, no estuviera al tanto de la estructura organizada del campesinado y de sus fuertes nexos con el barrientismo, que a pesar de su política antipopular había respetado la tierra ganada en el 52 por los campesinos, y que, además, no captara que los mineros, no obstante los golpes recibidos por el régimen de Barrientos, seguían siendo una fuerza combativa y con unos profundos desarrollos políticos que hubiesen podido fortalecer la acción armada emprendida por el Che.

Interpretar los hechos consumados parece una tarea fácil y en algunos casos, oportunista, sobre todo, cuando se hace cómodamente sentado y en este caso frente a problemas, que aún hoy siguen sin ser resueltos en América Latina. Especular sin un contexto adecuado sobre el fracaso relativo del Che en Bolivia puede alborotar palomas con mensajes envenenados: El que se mete de redentor muere crucificado y cosas por el estilo. Desacralizar al Che, quizás sea hoy en tiempos de neoliberalismo y globalización económica una tarea muy difícil, pues en cierto sentido capitalista, el Che es una mercancía que ha perdido su valor de uso y cada cual utiliza para su negocio particular.

Lo esencial es no perder de vista lo que su parábola vital nos dice: que el hombre es más que un amasijo de carne y huesos, que los ideales de justicia existirán, mientras exista un hombre oprimido en la tierra, que se debe conservar la capacidad de indignación frente al crimen y la miseria, que los otros son una razón insustituible de nuestra identidad, que todo hombre tiene su propia batalla que librar y, por tanto,, es indispensable ser consecuente con lo que se siente y con lo que se piensa. El Che como tal es un accidente de la historia, lo eterno es el anhelo de justicia que en él se encarnó y desde esa óptica lo consideramos legítimo heredero de Antígona y Diógenes, de San Pablo y Lutero y de todos aquellos que se rebelaron a fondo contra las razones del poder.

El Che como guerrero pertenece a los mitos fundacionales de nuestras repúblicas, y en general del Estado-Nación, en cuya génesis está siempre presente una violencia original que libera un obstáculo, que consolida el pacto social y la identidad de un pueblo. Sus límites como teórico y hombre de acción están ligados a unas circunstancias concretas en las que tuvo que actuar: una aguda pugna bipolar y un acoso sin tregua contra la revolución cubana. El Che enfrentaba problemas concretos e intentaba darles solución sobre la marcha, no eran meras especulaciones teóricas, sino reflexiones en torno a situaciones que concernían a su lucha. Por ejemplo, muchas de las tesis de hombres como Mao y Lenin que fueron conductores de sus pueblos en momentos críticos, hoy no tienen cabida, en la medida en que fueron pensadas para una sociedad específica en un momento histórico determinado.

La personalidad múltiple del Che encanta y se podrían escribir muchas cuartillas sobre ello. Podríamos hablar de su condición de excelente prosista, medido, austero, sin adjetivos; o quizá se podría mencionar su sensibilidad por la poesía, en su mochila se encontraron versos de León Felipe y Neruda; o tal vez nos seduciría su ternura expresada en las anotaciones de su diario sobre los cumpleaños de sus hijos, sus padres y la gente que quería; o por qué no mencionar su gran simpatía personal a pesar de cierto aire lejano de familia y de lo que se le ha ocurrido decir en los últimos tiempos a Debray. Me gusta como lo describe el inolvidable canciller Raúl Roa: “Parecía y era muy joven. Su imagen se me clavó en la retina: inteligencia lúcida, palidez ascética, respiración asmática, frente protuberante, cabellera tupida, talante seco, mentón enérgico, ademán sereno, mirada inquisitiva, pensamiento afilado, palabra reposada, sensorio vibrante, risa clara y como una irradiación de  sueños nimbándole la figura”.

Italo Calvino resume bellamente lo que uno quisiera decir sobre el Che: “Todo lo que trate de escribir para expresar mi admiración por Ernesto Che Guevara, por el modo en que vivió y vivió, me parece fuera de tono. Oigo su risa que me responde, llena de ironía y conmiseración. Yo estoy aquí sentado en mi estudio, entre mis libros, en la falsa paz y en la falsa prosperidad de Europa; dedico un breve intervalo de mi tranquilo trabajo a escribir, sin ningún riesgo, sobre un hombre que quiso asumirlos todos, que no aceptó una paz ilusoria y provisional, un hombre que pedía de sí mismo y a los otros el espíritu máximo de sacrificio, convencido de que todo el sacrificio que se evite hoy se pagará mañana con una suma de sacrificios todavía mayor. Guevara es para nosotros este llamado a la gravedad absoluta de todo lo que se refiere a la revolución y al futuro del mundo, esta crítica radical de todo gesto que sirva solamente para tranquilizar nuestras conciencias”.

 

El colofón son unos versos de Whitman:

¡Vivas para los vencidos!

¡Y para aquellos cuyos buques de guerra se han hundido en el mar!

¡Y para aquellos que se han hundido en el mar por sí!

¡Y para cuantos generales perdieron contiendas y todos los héroes derrotados!

¡Y los innumerables héroes sin nombre iguales a los más grandes

héroes conocidos!

 

*Ensayo que hace parte del libro Juguete de Poderes Extraños, Magna Terra editores, Guatemala, 2002

 

 

 

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