In Memoriam

CAMILO CASTELLANOS,  O LA FELICIDAD DE LA COMPRENSIÓN COMO ACCIÓN COLECTIVA

CAMILO CASTELLANOS,

 O LA FELICIDAD DE LA COMPRENSIÓN

COMO ACCIÓN COLECTIVA

 Por Hernán Darío Correa

Para Juana y Sandor

Para el grupo de WathsApp

“Amigos y amigas (de Camilo), presentes”[1]

“Después de muchos años de cárcel, cuando salió los jóvenes militantes le preguntaron qué debían hacer para continuar la lucha, y les respondió: ‘Pararnos en las esquinas. Hay que escuchar a la gente. Y entonces veremos.’” Esto me lo contó Camilo Castellanos para animarme a buscar y leer la biografía de Raúl Sendic (Samuel Blixen, Sendic, Montevideo, Ediciones Trilce, 2000), donde se cuenta ese episodio de aquellas luchas, y me encargó que buscara un ejemplar en Buenos Aires o en el Uruguay a donde me iría a pasar el fin del año 2016 con mi hija. Después de muchas vueltas lo encontré en Montevideo en una librería de viejo, justo a media cuadra de donde lo capturaron después de un intenso combate en el que negoció la salida con vida de su compañera, antes de caer atravesado por un tiro en plena cara, según me enteré leyendo esa excelente historia del legendario fundador de los Tupamaros. Una vez en Bogotá nos dimos a la tarea de procurar fotocopiarlo para distribuirlo entre algunos amigos interesados en la reflexión crítica sobre la ya larga historia de las luchas sociales y de la izquierda en América Latina.

Así era y así actuaba Camilo: Enterado de forma asombrosa de viejas ediciones, aprovechaba que alguien viajaba para encargarle conseguir libros claves en una pesquisa sin fin, continuando una costumbre de los tiempos de antes del internet, cuando las noticias bibliográficas volaban de boca en boca o a través de revistas y catálogos que por lo demás atesoraba, y nos hacía aterrizar en las librerías del mundo, y por supuesto cargar después bolsas llenas de libros para eludir la costosa sobrecarga en el vuelo de regreso. Unos pocos días antes de su muerte, al llegar de su último viaje me contó sobre el desfallecimiento que lo obligó a sentarse unos minutos en un corredor del metro de París, cuando ya no pudo dar un paso más con los dos maletines y el morral donde traía la cosecha librera, apenas al día siguiente de otro esfuerzo subiendo una pequeña cuesta en aquella ciudad donde hizo un alto en la gira por varias ciudades europeas presentando el último libro que coordinó, cuyo epílogo escribió, referido al balance del primer año del gobierno actual: El aprendiz del embrujo. Finge la paz, reinventa la guerra y privatiza lo público (Bogotá, Plataformas de derechos humanos, democracia y desarrollo, septiembre de 2019). Después pensé y pude expresar en su sepelio, que se dio la maña de regresar y afrontar entre los suyos ese tránsito definitivo que siguió después de lo que se identificó como un infarto acaecido en aquellos parajes entrañables que recorrió muchas veces visitando amigos y evocando los asaltos al cielo y los enormes retos de los trabajadores europeos, y  buscando fuentes para descifrar la necesaria superación del capitalismo y del totalitarismo, junto con las formas autoritarias que adquirió su pretendida crítica.

Entre sus papeles y archivos virtuales -que ya manejaba-, encontramos un libro listo para su publicación: “Un clamor aventurero y revoltoso. Contexto de la formación de la voluntad insurgente”. Una suerte de “historia mínima” de los años sesenta donde responde a preguntas que nos hemos hecho una y otra vez en la cuesta de los finales del siglo XX y de comienzos del siglo XXI, sobre  los imaginarios y las formas de lucha de la izquierda y los sectores sociales populares, que ante todo revela el otro lado del espejo de algunas narrativas recientes sobre la historia del país, en las cuales elementos centrales de nuestra historia contemporánea como la disensión eclesiástica y el significado de  Camilo Torres en la vida política  nacional no son siquiera mencionados. Pero allí ante todo se revela la condición de Camilo de mantenerse como un intelectual orgánico de los problemas, conflictos y derechos de aquellos sectores, desde donde afirmaba sus lecturas, su escritura, su tarea pedagógica y una interminable conversación asociadas a lo que la gente de algún modo se representa y pregunta, y al mismo tiempo a lo mejor de la tradición del pensamiento crítico, del arte y de la literatura.

En otra ocasión me comentó como una suerte de confidencia sobre las tensiones que nuestro tiempo le impuso una y otra vez entre la acción colectiva directa y la mediación del pensamiento y la escritura, bajo el principio filosófico y político de la comprensión integral, en medio de conflictos sociales y políticos que se renuevan y repiten obligándonos a una labor de Sísifo; y cómo su opción supuso combinar entre las angustias del momento y el horizonte de sentido de un trabajo de crítica radical  a unos poderes que siguen combinando diversas formas de dominación, explotación, patriarcalismo, discriminación y exclusión social. Y por ello siempre estaba tomando iniciativas donde ofrecía de forma discreta orientaciones a los más jóvenes, entrevistaba a los más viejos, conversaba con sus pares, leía, reproducía y distribuía mano a mano los mejores textos del pensamiento crítico bajo sellos editoriales de su creación alusivos a su carácter insurgente, como Garfio, Dos de Bastos o La Plaza, este último un proyecto de debate en página web con piezas comunicativas escritas y audiovisuales, entre muchos otros; y proponía nuevas iniciativas de acción colectiva en todos los planos de la vida pública. Es decir, actuaba y pensaba a partir de oír a la gente.

Pero ello no hubiera sido posible sin lo que Pacho de Roux —con quien trabajó muchos años en el Cinep—, afirmó en su velorio: Una profunda sensibilidad respecto de la condición humana, un hondo humanismo que lo hacía derivar por la vida a partir de ese principio Arendtiano del “corazón comprensivo”, más allá de la estéril afiliación a principios doctrinarios:

“Lejos de cualquier sentimentalismo, el corazón humano es la única cosa en el mundo que pude cargar con el peso que el don divino de la acción –ser un comienzo, y por lo tanto ser capaz de iniciar-, ha puesto sobre nosotros. (…) Si la esencia de toda acción, y en particular de la acción política, es llevar a cabo un nuevo comienzo, entonces la comprensión se convierte en la otra cara de la acción, esto es, en esa forma de cognición, distinta de muchas otras, con la que los hombres que actúan (y no aquellos que están empeñados en contemplar algún curso progresivo o fatalista de la historia), pueden finalmente aceptar lo que ha ocurrido y reconciliarse con lo que inevitablemente existe. (…) La verdadera comprensión no se cansa del diálogo interminable, ni de los círculos viciosos, porque confía en que, finalmente, la imaginación (que en realidad es la comprensión), podrá asir al menos un destello de la siempre inquietante luz de la verdad. (Sin ello), no seríamos capaces de soportar nuestra carga ni de marcar nuestro rumbo en el mundo. Incluso al precio de sentirnos a gusto en este siglo, debemos intentar tomar parte en el interminable diálogo con la esencia del totalitarismo.” (Hannah Arendt, Comprensión y política. Las dificultades de la comprensión.   www.omegalafa.es.     Biblioteca Libre, págs. 31 y ss.).

Ello le posibilitó asumir una y otra vez aquella actitud de Raúl Sendic, y percibir y asumir cuándo se debía abrir o cerrar ciclos de vida, de lucha y de pensamiento, a partir de las transformaciones sociales y políticas mismas; y le impuso en muchas ocasiones una distancia respecto de los caminos afanosos del activismo inspirado en el sentir apocalíptico de la izquierda mesiánica, bajo una mirada profunda tan discreta como aguda e irónica que la impuso una cierta soledad política que muchos hemos conocido, asumida en su caso con un  estoicismo ejemplar. La cual siempre me hizo admirar la sutileza de su crítica y recordar la definición zuletiana de la soledad: “Es una mirada, una mirada redonda, la mirada que quiere verlo todo.” (Conferencia de Estanislao Zuleta sobre la poesía de León de Greiff en La Tertulia, Cali, en los años 80s).

Al respecto, su amigo Pacho Bustamante escribió en estos días de duelo:

“Elegía al Todo (sobre Camilo en el camino donde los círculos se cierran).

“Cada paso es un paso más hacia la nada. Frescura, encanto, elegancia, conocimiento, alegría, todo se va por ese tobogán en el parque de las incineraciones. Calcio, agua, colágeno solo después son solo arenas y guijarros, nada. Ese pliegue en los ojos, ese gesto de ironía y sarcasmo, esa carcajada, quedan congeladas en una fotografía infinita, parecida a los fríos mármoles de Carrara, duros, hieráticos, silenciosos. Estabas y de pronto ya no estás, pero surges inmenso en la memoria de tus queridos amigos. Como esa proa que brota sobre el agua antes del hundimiento. Poeta melancólico, prosista de textos memorables, detective salvaje de todos los cursos órficos de Atenas hasta Ambalema. Cabeza visible de una estirpe de ciegos lamentando las sombras, madeja de urdimbre desbrozada. Alguna especie de música cubana retumba en mis oídos; han venido al entierro Ureña, Rodó, Martí, Reyes, Lezama, Gutiérrez Girardot, Zuleta, Fernando González, Gerardo Rivas, Arguedas y Paz, coro de ángeles estériles, en una América lúcida desde tus ojos y tus manos. Una América en forma de roca solitaria (Bucaramanga, octubre 7 de 2019).”

La sutileza que caracteriza su prosa siempre iba acompañada de agudezas puestas al servicio de la radicalidad. Para poner un solo ejemplo, en el capítulo sobre Cuba del libro inédito que mencionamos cita justamente a Lezama Lima, no a pesar sino quizá precisamente por haber sido el gran escritor soslayado y aislado por el régimen socialista cubano, para perfilar la esencia de los primeros años de ese proceso revolucionario que cambió la historia de América Latina:

“Se iniciaba un nuevo tiempo en América latina. Un tiempo que el inmenso poeta José Lezama Lima saludó alborozado: ‘…lo imposible al actuar sobre lo posible engendra un potens, que es lo posible en la infinidad. Ahora se ha adquirido esa posibilidad, ese potens por el cubano. Toda imagen tiene ahora el altitudo y la fuerza de su posibilidad. Todos los posibles atraviesan la puerta de los hechizos. Todos los hechizos ovillan esa posibilidad, como una energía que en un instante es un germen. La tierra transfigurada recibe ese germen y lo hincha al extremo de sus posibilidades. Son así ahora alegres nuestros campesinos al estar muy adentro en la melodía de nuestro destino’.”  (Libro citado, capítulo “Un terremoto con epicentro en Cuba”).

Allí se revela al mismo tiempo el crítico mordaz, la especial afinidad con el campesinado que mantuvo Camilo en toda su existencia a partir de su origen tolimense y siguiendo los cauces de sus primeras afiliaciones políticas ligadas al maoísmo, luego a la defensa y promoción de los derechos humanos, y siempre con su formación dentro del marxismo y del pensamiento crítico universal.

En otro de sus textos, Los pueblos del nueve de abril, publicado por la Universidad Distrital y el Centro de Memoria Paz y Reconciliación en el año 2016, se dio exitosamente a la tarea de mostrar las diversas “multitudes” y el concepto amañado sobre el pueblo (“los pueblos”) que emergieron ese día, y los factores de mediana duración necesarios para desentrañar el significado de esa tragedia (“Quizás el Nueve de Abril y el gaitanismo no sean comprensibles sino en la mediana duración” –pág.111-”), por boca de cuatro tipos de protagonistas: los actores del poder, los de la academia, los analistas críticos, y los de la narrativa literaria, en un enorme despliegue de lectura y escucha de las dos corrientes que identifica en esa historia:

“Los que han querido erigir una democracia sin pueblo o quisieran contar con otro pueblo distinto al realmente existente o pretende destituirlo de su condición de soberano. Fueron los que forjaron el concepto de que la soberanía residía en la nación, una ficción que en nadie se encarnaba porque era el territorio, la tradición, los símbolos, los valores patrios. Noción que a la postre se concretaba en el poder constituido, por lo que la clase política terminaba siendo la nación misma, y con algo de amplitud sumaba los poderes fácticos: las fuerzas armadas, el clero (‘porque el clero y sólo el clero puede salvar a Colombia’, como nos enseñó don Sergio Arboleda) y los poderosos cacaos de la economía. Para ellos el pueblo es la antítesis de la nación. (…) La otra corriente (…) son los que afirman que la soberanía radica en el pueblo y que él es el poder constituyente” (Págs. 8-9).

Allí Camilo se explaya siguiendo a Herbert Braun (“el mejor de los textos sobre el Nueve de Abril”), en los cuatro tipos de multitud que se expresaron ese día (“la que se configura junto al cuerpo agonizante de Gaitán; la del desconcierto, que se agolpa frente al palacio presidencial; los que arremeten contra los símbolos del poder que los discrimina, los desatiende y pisotea, que hace de los tranvías teas que expresan su rabia poderosa, (…) y agotados los símbolos del poder se dedican al saqueo; y la que se va diluyendo en la impotencia en una jornada  en que vivió el fin de una ilusión… en una mezcla de frustración y resaca culposa”).  Y remata sentencioso:

“Sólo quedarán por más de una semana francotiradores aislados y sin coordinación que se harán inexpugnables en zarzos y azoteas, moviéndose por entre las ruinas humeantes, sin alimentos, ni agua, ni información ni ganas de rendirse. Sólo a cañonazos pudieron reducirlos. Con su sacrificio se abría el ciclo que aún no termina.” (Op. Cit., págs. 12-18).

Más adelante profundiza erigiendo una categoría política que describe las prácticas políticas de control de la protesta social que hemos conocido desde entonces: “el caos consentido” (“alejada la multitud del palacio, el tiempo era el mejor aliado del gobierno, se trataba de dejar que la cólera se fuera disipando y a ello colaboraría la inconciencia que el alcohol pudiera generar” -19-20), el cual

“fundamenta el a priori de que la inconformidad y el descontento generan caos, (que) instala en la conciencia de las capas medias el prejuicio de que los sectores inconformes y sus organizaciones son amigas de la violencia sin sentido y enemigas de su seguridad, con lo cual se asegura su fidelidad al statu quo. Es el efectivo mecanismo por el que el autoritarismo lleva a la gente a cambiar su libertad por su seguridad…”  (Ibíd., 22-23).

Y empieza la escucha: En el libro pone a desfilar las voces del discurso de Ospina (quien “como presidente por sí y ante sí decide quiénes son colombianos y quiénes no”), Sergio Arboleda, Rafael Reyes, José María Samper, Calderón Reyes y Miguel Antonio Caro en el cenáculo que redactó la Constitución de 1886, definiendo los alcances de la democracia, “ese artificio ingenioso para que gobierne la minoría y el mayor número la apoye y sostenga con su fuerza física en el concepto de ser él el que gobierna” (31-38); Miguel Jiménez López, Monseñor Vicentini y hasta Isidoro Amorocho -sacado de la novela de Philip Potdevin, Esa borrasca formidable, editada por Ediciones desde abajo, 2014-, en los capítulos “Cuando la exclusión presume de ciencia”, y “Un espontáneo habla por todos”. Y también las de Luis López de Mesa como rector de la Universidad Nacional (“el viejo programa liberal de civilizar al pueblo sacándolo de la barbarie, (caracterizándolo) como el alocado, el fanático, los resentidos, los bandoleros o delincuentes profesionales, el curioso…  y designándolo como el que no entendió el ritmo de avance ordenado que llevábamos hacia la solución de nuestros problemas sociales, ni la dignidad de nuestra posición cultural”). Y escucha hasta la voz de Roque Dalton, quien en situaciones similares en su país precisa sobre palabras como las citadas: “Esta es la palabra tramposa:/ la que denuncia la generalidad infinita del mal/ y propone soluciones de hormiga.”

Finuras dialécticas como las del libro en mención sólo podían ser posibles desde una cultura universal que fue cosechando consigo mismo y a su alrededor desde su selecta biblioteca sin fondo: Cada vez que avanzaba o cuando terminaba la conversación nocturna al tenor de unos buenos vinos o al calor de unos consabidos rones, siempre con alguna música escogida de su enorme discoteca que incluyó los acetatos coleccionados por Fals Borda, los cuales adquirió de su familia, Camilo se ausentaba por un instante y se sumergía en el clóset del cuarto-biblioteca de su apartamento, desde donde sacaba algún volumen que dejaba en nuestras manos: “Léete esto, y seguimos hablando”… Lo admirable en todo caso era ese clóset sin fondo: como los laberintos de tiempo y espacio de Cortázar, o el Aleph borgiano, aquel clóset se crecía y desdoblaba hacia su interior y revelaba el infinito temático de sus anaqueles y por supuesto lo pertinente de sus títulos, como en una ocasión a propósito de un texto que de mi parte estaba estructurando sobre los jesuitas en torno al plebiscito de paz y la venida del Papa, cuando sacó y me prestó más de diez libros alusivos al tema, entre los cuales la biografía del legendario director de la Compañía de Jesús (Pedro Miguel Lamet, Arrupe, testigo del siglo XX, profeta del siglo XXI. Bilbao, Ediciones Mensajero, 2016. 608 páginas), la historia de los jesuitas en dos tomos de Jean Lacouture (Jesuitas I. Los Conquistadores; y Jesuitas II. Los continuadores. Barcelona, Paidós, 2006. 620 y 706 páginas), los primeros textos de Ignacio de Loyola y entre ellos la famosa carta desde Roma a Pedro Canisio el 13 de agosto de 1554 (San Ignacio de Loyola, Obras completas, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos de la Editorial católica, 1963. Páginas 924 y ss.). Así, podría multiplicar los ejemplos de su generosidad y del arsenal de armas de la crítica que Camilo construyó durante toda su existencia, como aquellos guerrilleros que siembran previamente caletas de municiones y vituallas en el teatro de operaciones donde habrán de librar sus batallas. Pero en el caso de Camilo, se trataba de textos, y su escenario era el de la vida personal y colectiva misma, dentro de una convicción en torno al principio esperanza, en cuanto a que la historia encontraría caminos de transformación profunda de lo existente hacia la justicia social y la superación del capitalismo, el cual alimentaba su estoicismo en medio de la adversidad.

De aquel clóset sacó una y muchas veces títulos inusitados que ilustraban o abrían caminos de pensamiento y revelación, como El “Manuel de zonceras argentinas”, de Arturo Jauretche (A. Peña Lillo, editor, s.r.l., 1973); la Historia de las mentalidades, de José María Valverde, con prólogo de Francisco Fernández Buey (Editorial Trotta, 2000); El nuevo mundo amoroso, de Fourier, para no mencionar sino algunos en una larga y heteróclita lista reveladora de sus inmensas curiosidad y perspicacia.

En el camino que escogió tempranamente desde los tiempos del Frente de Estudios Sociales, FES, de la Universidad Nacional, a comienzos de los años 70, se trataba del uso del arma de la crítica, de la educación y la orientación de gentes con las cuales mantenía discretos contactos y las interpelaba cuando se trataba de activar la discusión o la acción, o de enriquecer la amistad y la fraternidad. Se trataba de gentes de todas categorías sociales y procedencias, a las cuales además apoyaba cuando era del caso para que pudieran acceder a la escritura, “pues para Camilo ésta era un asunto que no podía quedar sólo en manos de los eruditos”, como me lo recordó Pilar Trujillo cuando le compartí estas notas antes de su publicación. En su sepelio Héctor Moncayo dio testimonio de esas dimensiones del quehacer de Camilo: saber quién sabía lo que se necesitaba, y mantener y recrear los contactos necesarios para ponerlo en acción, como pudimos verlo siempre, y particularmente a lo largo de lo que fue la revista Opción, con la cual ambos dinamizaron un equipo periodístico y de activistas en la década aciaga de los años 90s.

Pero ahora querría agregar otra: Compilar, seleccionar y publicar lo que fue revelándose como necesario para la crítica de lo dominante y al mismo tiempo para fortalecer el espíritu de la oposición social y política, y acrecentar lo mejor del alma de lo popular. Por ello siempre nos beneficiamos y aprendimos de series de publicaciones como las que lideró desde el Cinep, algunas de circulación masiva a través de los diarios nacionales o regionales (los sucesivos análisis de Cien días; Las crónicas del Nuevo Mundo; Colombia, país de regiones; o los cuadernos sobre Tierra y Justicia, entre otras); y desde Ilsa, entre las cuales los “Integratemas”, con títulos como Disputas en el Cafta; Los países andino-amazónicos, autonomía o más subordinación; y La integración latinoamericana, un camino inconcluso; o en la colección “Textos de aquí y ahora”, el libro de Víctor de Currea-Lugo, El derecho a la salud en Colombia, Diez años de frustraciones, 2003; entre muchos otros); más las publicaciones de la Plataforma de Derechos Humanos, la cual coordinó durante varios años, que incluyeron la serie de los Embrujos que inauguró el develamiento del régimen autoritario del Uribismo, y una colección de una decena de títulos sobre los DESC y el derecho a la ciudad;  o las que editó con los sellos que se inventaba, muchos de ellos bolsilibros que sugerían al mismo tiempo su portabilidad y su deseo de popularidad  (de la editorial Garfio, Viernes de Forn, 2015; El maestro de escuela, de Fernando González; o Crímenes ejemplares, de Max Aub;  en una de las cuales firmó una nota de presentación como Capitán Garfio, según José Aristazábal, “el único título que asumió y aceptó en su vida pública”; y en las ediciones Dos de Bastos, de más cuerpo editorial, títulos como Escrito para no morir, de María Eugenia Vásquez, o La revolución de las sotanas, de Javier Darío Restrepo, entre otros).

Al final de sus días la proximidad cotidiana que habíamos recreado me deparó vivir con Camilo varios episodios de nuestras afinidades electivas: Leyó mis dos últimos libros, y sobre las memorias (Como marcas en la brecha. Una historia de vida. El Peregrino ediciones, 2015) escribió un texto generoso que no ahorró comentarios críticos sobre la descompensación narrativa de los primeros y los últimos años allí referidos, y además presentó el libro y me interpeló en el lanzamiento que hicimos en el Centro Cultural García Márquez. Compartimos el empeño en torno a la paz de lo que en las jornadas del plebiscito llamamos como Pazharemos, junto con el movimiento de Pazalacalle; y también hicimos juntos la memoria de Gustavo Bustamante y del Goce Pagano, que emprendimos después de habernos topado inesperadamente en las calles del centro de Bogotá, cuando de mi parte iba a cumplirle una cita a Gustavo, quien comía casi todos los domingos en el apartamento de Camilo actualizándose como muchos de lecturas y noticias. En esa ocasión llegamos juntos al encuentro de aquel, y sin saberlo nos despedimos de ese otro lector y repartidor de papeles formativos, quien nos dejaría apenas una semana después, no sin legarnos esa tarea que fructificó en el libro Otra rumba fue posible. Memoria y celebración del Goce Pagano, editado por ambos junto con María Antonia, la hija mayor de Gustavo, y distribuido mano a mano como otro de los Papeles del Goce.

Y me invitó a escribir y editar el informe del primer año del gobierno actual, ya mencionado, en cuyo proceso tuvimos algún desencuentro respecto del paso a paso del oficio editorial, que después pude relativizar cuando me asomé al tamaño de su agenda de esos meses, que incluyeron coordinar académicamente la producción de dicho libro, apoyar un proyecto comunitario en el Pacífico caucano, la reactivación de la red latinoamericana de derechos humanos, la escritura de su último libro y de una memoria de la vida de un cura que definió su destino junto con la gente de un barrio popular de Medellín (“Ni héroe ni mártir. Conversaciones con el padre Federico Castilla”, inédito), y una soñada red de producción de podcasts de análisis político. Dicha agenda le supuso volar en un solo día de Timbiquí a Cali y Bogotá hasta Paris, donde inició su encuentro con la parca…

Por años mantuvimos un intercambio de libros que editábamos cada uno, en mi caso los del Cerec, y Camilo los del Cinep y unos años después los de Ilsa; el cual por supuesto acrecentaba los temas y las honduras de las conversaciones que seguían, las cuales concluían siempre con un silencio que a la postre aprendí en su caso no era más que un rumiar en torno de filones de reflexión para más adelante: siempre me dejaba con el sentimiento de que se había guardado algo para después, o cuando menos que ya tenía el pie para reanudar el diálogo en el próximo encuentro.

El silencio, en efecto, era su aire preferido, y allí acunaba nuevos impulsos para ejercer su curiosidad y pulir su socarronería, esa mezcla de ironía con aparente ingenuidad, tal vez la forma más acusada que tenía para proyectar oralmente la claridad de un pensamiento crítico que en el caso de nuestra generación se vio obligado a “vivir a la enemiga” (Fernando González dixit), casi siempre en contravía de unos hechos aciagos como los dominantes en nuestro tiempo, derivados muchas veces no sólo de la crueldad de los que negocian con todo, incluida la violencia, sino también de la estupidez, ese componente del totalitarismo analizado con tanta lucidez por la misma Hannah Arendt.

Durante sus últimos meses ese silencio se fue haciendo más denso, en lo que ahora interpreto como una combinación de la disposición al sigilo de la clandestinidad obligada de otros tiempos; la maduración de su reflexión crítica, evidente en los escritos mencionados; la decantación de su estilo narrativo, de frases cortas y sentenciosas, buscando la claridad expositiva para todo tipo de lectores; y quizás un trabajo interior de ir atando cabos en la historia de su vida afectiva.

Tal vez por ello se permitió en ocasiones salir de su mutismo y de su timidez sobre los asuntos personales, alrededor de anécdotas esenciales a su experiencia, como cuando me mostró una foto de una bella muchacha de tierra caliente caminando de frente al fotógrafo, y con un susurro me indicó que se trataba de su madre; y del comentario que me hizo en otra ocasión sobre la desolación combinada con la entrañable sensación de ir acercándose a su tierra a medida que el calor iba colmando el bus nocturno en que viajaba, cuando se fue al Tolima a su sepelio…

O cuando con ese tono de secreto y de confidencia, me expresó una y otra vez su preocupación por apoyar a Juana, su hija, en sus búsquedas profesionales, y su contento con los avances académicos de su hijo Sandor en el colegio, sobre el cual “el profesor me hizo el mejor regalo que podrían darme: me comentó que ya perfilaba en sus actitudes la condición de un ciudadano de bien”.

Tal vez esos encuentros íntimos le acercaron a una expectativa de vida que no descartaba un posible retorno al Tolima, y especialmente a Ambalema, siguiendo la recomendación médica de darle aire a sus pulmones, que en ocasiones mostraban alguna fatiga… No tengo duda que a ello pudo contribuir su gusto por los sancochos de pescado y los tamales tolimenses, y por la conversación con las gentes del común, que en Bogotá atesoraba en plazas como las de Paloquemao, donde mercaba, como me lo recordó Alberto Yepes en las idas y vueltas del duelo que ahora intentamos madurar…

En sus viajes al Cauca, por otra parte, fue atesorando quizá la última de sus alegrías en torno a lo colectivo. Estaba entusiasmado con la combinación de iniciativas políticas y sociales con estrategias económicas que dan piso a movilizaciones como las de la Minga, y también a la posible ruptura emancipatoria respecto de las formas de una dominación que vive no sólo de la vileza de los poderosos, sino de la cooptación de los subordinados.

En su texto de cierre del libro sobre el aprendiz del embrujo (“A manera de colofón. Un gobierno para la violencia y el despojo.” Libro citado, pág. 439), nos dejó sembrado aquel principio de la esperanza cuando termina aludiendo al enredo actual del país, pero también al indudable comienzo del fin del régimen autoritario de hoy:

“Todo indica que el gobierno (actual) será una mala época para la paz y los derechos humanos. (Pero) la convergencia que lo llevó a la presidencia es quebradiza. La cohesionó más el miedo que un posicionamiento positivo sobre el futuro. En el momento indicado vendrá la desbandada. (…) Pese a lo anterior habría que anotar que los partidarios de la paz no están mejor para ser alternativa. Es insuficiente decir solamente no a la guerra (…) Pero quién será capaz de hacerles entender que esta es la condición para vencer, y que siendo el Acuerdo de Paz una gran conquista, hay que completarlo con propuestas para la ciudad y los jóvenes, para la universidad, la cultura y la ciencia… Entre tanto la oposición real estará en las plazas y los paros, en las marchas contra el asesinato del liderazgo, en la pelea por al agua y en la defensa de la producción campesina.  Voces que el poder no oye y desatiende seguro de la fuerza bruta del Esmad, hasta el día en que la realidad alumbre la descomunal dimensión de su equivocación. Entonces será tarde. El país habrá de seguir polarizado, y como en la danza de los indígenas amazónicos que nos describe José Eustasio Rivera, daremos vueltas en círculo repisando las mismas huellas. Sólo faltan tres años para que termine esta aburrida siesta. Empieza la cuenta regresiva.”

[1] Abril, José Aristizábal, Pacho Bustamante, Juana Castellanos, Diana Castro, Germán Corredor, Víctor de Currea-Lugo, Pedro Galindo, Lucho Hernández, Luisa María Navas, Andreiev Pinzón, Omar Prías, Aura Rodríguez, Pilar Trujillo, César Torres y Alberto Yepes, a los cuales agradezco sus aportes haciendo memoria sobre las publicaciones de Camilo, y por supuesto por su fraternidad y cariño a lo largo de nuestra amistad con Camilo Castellanos, y su solidaridad en el difícil y ejemplar, de su parte, trance de su partida.

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